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En su Hijo Jesús Buen Pastor el Padre ha abierto en la Iglesia, a través del Beato Santiago Alberione, un nuevo camino de santidad. La santidad de Dios, que no es otra cosa que su bondad y su belleza, se hizo visible en Cristo Buen Pastor: kalōs, el Pastor Bello.

Buen Pastor, Mausoleo de Galla Placidia, Ravenna

 

Para todo cristiano, el camino de santidad inicia con el Bautismo. Todos estamos llamados a vivir en santidad la fe, la esperanza y la caridad.

Para nosotras, Pastorcitas,  no es sólo una vocación a la santidad personal, sino que también estamos llamadas  a cuidar de la santidad del pueblo de Dios en el ministerio de cura pastoral. La nuestra es una vocación a ser madres y hermanas en el Espíritu al servicio de la santidad de la Iglesia mediante la configuración a Cristo Pastor, para despertar en la humanidad de hoy el gusto de Dios.

Supliquemos en la oración el don de la santidad pastoral:

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Dejémonos interpelar por algunos testigos de santidad vivida en el ministerio de cura pastoral.

 

Los Padres de la Iglesia

San Basilio de Cesarea

Padre de la Iglesia, monje y pastor

Se recuerda el 2 de enero 

San Basilio de Cesarea, el gran Padre de la Iglesia, del grupo de los llamados Padres Capadocios [1], nos es particularmente querido por muchos motivos. Es un obispo que viene del monaquismo, al que se deben las primeras Reglas verdaderas y propias de la vida fraterna en comunidad. Su sensibilidad y su sapiencia pastoral provienen de la profunda experiencia espiritual, de la que es un indiscutido maestro, tanto en Oriente como en Occidente.

San Basilio, como teólogo y pastor, es una fuente de inspiración para la misión pastoral de la Iglesia, porque es justamente a él que fue atribuida la expresión que une el término cura con el de alma. En efecto: “La expresión conjunta «cura del alma» se afirma, como concepto, en los escritos de Basilio y todo indica que ésta nace de la reflexión de este obispo, a él se debe su nacimiento [2]. Él aproxima la cura del alma al oficio episcopal en relación a los fieles. Las expresiones «cura del alma» y «cura de almas» se refieren, para él, también a la actividad de algunos hermanos en las comunidades religiosas que se dedican a la «cura de almas» [3].

Además, san Gregorio Nacianceno, que estableció con Basilio una relación espiritual de profunda amistad, en sus escritos oficializó la expresión “cura de almas” ligada al oficio episcopal: ”Gregorio Nacianceno utiliza la expresión como ligada al oficio episcopal y ayuda así a «hacer oficial» la expresión «cura de almas» [4]. Sin descuidar la necesidad de otros estudios, parece que en estos autores, al menos en lengua griega, la «cura de almas» es entendida como oficio episcopal” [5].

Alberione, en Abundantes Divitiae narra que de joven sacerdote, se dedicó a un profundo conocimiento de santos Padres y Fundadores, a partir de san Basilio: “En aquel período logró un conocimiento más profundo de san Basilio, san Benito, …” [6].

 

Basilio nació en Cesarea de Capadocia hacia el 330, de una familia de profunda tradición cristiana, una verdadera y propia familia de santos y de testimonios de la fe: ante todo la abuela Macrina [7], después la hermana Macrina la joven, el hermano Gregorio que fue obispo de Nisa, otro hermano, Pedro, que fue obispo de Sebaste.

Basilio estudió en Cesarea, Constantinopla y Atenas, donde encontró poetas y filósofos, históricos y oradores. Al final de los estudios, en el 355, hizo un largo viaje para conocer la vida monástica en Siria, Palestina, Egipto y Mesopotamia.

Insatisfecho de sus éxitos mundanos, y dándose cuenta de haber dilapidado mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: «Un día, como despertándome de un sueño profundo, me dirigía a la admirable luz de la verdad del Evangelio… y lloré sobre mi vida miserable» (cfr. Ep. 223,2). Atraído por Cristo, comenzó a mirar hacia Él y a escucharlo sólo a Él (cfr. Regole morali 80,1).

 

Recibido el Bautismo, Basilio se sintió llamado a un radicalismo evangélico que emerge en cada página de sus escritos. Se retiró en la soledad de Arnesi, donde se le unieron poco después Gregorio de Nacianzo y otros discípulos. Con determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia, especialmente de Orígenes, uniendo al estudio el trabajo manual y el ejercicio de la caridad (cfr. Epp. 2 e 22), siguiendo el ejemplo de su hermana, santa Macrina, que vivía ya en el ascetismo monástico.

Fue ordenado sacerdote, e instruido por Dios a través de la vía maestra de las Escrituras, Basilio reunió en torno a sí un número cada vez mayor de compañeros animados por su mismo y único deseo: practicar el mandamiento nuevo del amor. Los jóvenes que se presentaban a su monasterio para seguir la vida monástica pedían ser admitidos diciendo: “He venido para practicar la caridad”. En el 370 fue elegido obispo de Cesarea di Capadocia, en la actual Turquía.

Como pastor gastó todas sus fuerzas poniéndose al servicio de la Palabra de Dios, que ofrecía al pueblo confiado a sus cuidados pastorales, oponiéndose a todos los que ofrecían interpretaciones reductivas del Evangelio y promoviendo el ejercicio de la caridad, sobre todo para con los débiles y de los pobres.

Benedicto XVI, en sus catequesis de los miércoles, ha trazado un retrato fascinante de san Basilio:

 

“Con su predicación y sus escritos realizó una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio supo unir el servicio a las almas y la entrega a la oración y a la meditación en la soledad. Aprovechando su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 29 in laudem Basilii:  PG 36, 536 b). Con su palabra y sus escritos, muchos de los cuales se conservan todavía hoy (cf. Regulae brevius tractatae, Proemio:  PG 31, 1080 a b), los exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica antigua, entre ellos san Benito, que consideraba a san Basilio como su maestro (cf. Regula 73, 5).

En realidad, san Basilio creó una vida monástica muy particular:  no cerrada a la comunidad de la Iglesia local, sino abierta a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia particular, eran su núcleo animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a Cristo —el amor a él—, sobre todo con obras de caridad. Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres; así mostraron la integridad de la vida cristiana. (…)

Como obispo y pastor de su vasta diócesis, san Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza los males; se comprometió en favor de los más pobres y marginados; intervino también ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los poderosos para defender el derecho de profesar la verdadera fe (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 48-51 in laudem Basilii:  PG 36, 557 c-561 c). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (cf. san Basilio, Ep. 94:  PG 32, 488 b c), una especie de

ciudad de la misericordia, que por él tomó el nombre de «Basiliades» (cf. Sozomeno, Historia Eccl. 6, 34:  PG 67, 1397 a). En ella hunden sus raíces los modernos hospitales para la atención y curación de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum Concilium, 10), san Basilio, aunque siempre se preocupaba por vivir la caridad, que es la señal de reconocimiento de la fe, también fue un sabio «reformador litúrgico» (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 34 in laudem Basilii:  PG 36, 541 c). Nos dejó una gran plegaria eucarística, o anáfora, que lleva su nombre y que dio una organización fundamental a la oración y a la salmodia:  gracias a él el pueblo amó y conoció los Salmos y acudía a rezarlos incluso de noche (cf. san Basilio, In Psalmum 1, 1-2:  PG 29, 212 a-213 c). Así vemos cómo la liturgia, la adoración, la oración con la Iglesia y la caridad van unidas y se condicionan mutuamente.

Con celo y valentía, san Basilio supo oponerse a los herejes, que negaban que Jesucristo era Dios como el Padre (cf. san Basilio, Ep. 9, 3:  PG 32, 272 a; Ep. 52, 1-3:  PG 32, 392 b-396 a; Adv. Eunomium 1, 20:  PG 29, 556 c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, defendió que también el Espíritu Santo es Dios y «debe ser considerado y glorificado juntamente con el Padre y el Hijo» (cf. De Spiritu Sancto:  SC 17 bis, 348). Por eso, san Basilio es uno de los grandes Padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad:  el único Dios, precisamente por ser Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor a Cristo y a su Evangelio, el gran Padre capadocio trabajó también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia (cf. Ep. 70 y 243), procurando siempre que todos se convirtieran a Cristo y a su Palabra (cf. De iudicio 4:  PG 31, 660 b-661 a), fuerza unificadora, a la que  todos los creyentes deben obedecer (cf. ib. 1-3:  PG 31, 653 a-656 c).” [8].

 

Basilio, antes de cumplir los 50 años, consumido por la fatiga y la ascesis, murió el 1 de enero del 379, a los umbrales del Concilio de Constantinopla, que sabiamente había contribuido a preparar, sirviendo a la unidad y a la comunión en la Iglesia y entre las Iglesias, contribuyendo de manera decisiva, junto a los otros grandes Padres de Capadocia, a la elaboración de la teología sobre el Espíritu Santo y sobre la Trinidad, que está a la base del Símbolo de fe común a todas las Iglesias cristianas.

En la enseñanza de san Basilio hay muchas notas de perenne actualidad, pero queremos subrayar una que en relación a los jóvenes, y que Benedicto XVI evidenció en su catequesis del miércoles:

 

“Por último, san Basilio también se interesó, naturalmente, por esa porción elegida del pueblo de Dios que son los jóvenes, el futuro de la sociedad. A ellos les dirigió un Discurso sobre el modo de sacar provecho de la cultura pagana de su tiempo. Con gran equilibrio y apertura, reconoce que en la literatura clásica, griega y latina, se encuentran ejemplos de virtud. Estos ejemplos de vida recta pueden ser útiles para el joven cristiano en la búsqueda de la verdad, del modo recto de vivir (cf. Ad adolescentes 3).

Por tanto, hay que tomar de los textos de los autores clásicos lo que es conveniente y conforme a la verdad; así, con una actitud crítica y abierta — en realidad, se trata de un auténtico «discernimiento» — los jóvenes crecen en la libertad. Con la célebre imagen de las abejas, que toman de las flores sólo lo que sirve para la miel, san Basilio recomienda: «Como las abejas saben sacar de las flores la miel, a diferencia de

los demás animales, que se limitan a gozar del perfume y del color de las flores, así también de estos escritos... se puede sacar provecho para el espíritu. Debemos utilizar esos libros siguiendo en todo el ejemplo de las abejas, las cuales no van indistintamente a todas las flores, y tampoco tratan de sacar todo lo que tienen las flores donde se posan, sino que sólo sacan lo que les sirve para la elaboración de la miel, y dejan lo demás. Así también nosotros, si somos sabios, tomaremos de esos escritos lo que se adapta a nosotros y es conforme a la verdad, y dejaremos el resto» (Ad adolescentes 4). San Basilio recomienda a los jóvenes, sobre todo, que crezcan en la virtud, en el recto modo de vivir: «Mientras que los demás bienes... pasan de uno a otro, como en el juego de los dados, sólo la virtud es un bien inalienable, y permanece durante la vida y después de la muerte» (ib., 5)”[9].

 

Finalmente, no se puede olvidar el gran elogio de la amistad cristiana que hace Gregorio Nacianceno respecto de Basilio: “Nos habíamos encontrado en Atenas, como el curso de un río que, naciendo en una misma patria, se divide luego hacia diversas regiones (a donde habíamos ido por el afán de aprender) y de nuevo, de común acuerdo, por disposición divina, vuelve a reunirse.

Por entonces, no sólo admiraba yo a mi grande y querido Basilio, por la seriedad de sus costumbres y por la madurez y prudencia de sus palabras, sino que inducía también yo mismo a los demás que no lo conocían a que le tuviesen esta misma admiración. Los que conocían su fama y lo habían oído ya lo admiraban.

¿Qué consecuencias tuvo esto? Que él era casi el único que destacaba entre todos los que habían venido a Atenas para estudiar, y que alcanzó honores superiores a los que correspondían a su condición de mero discípulo. Éste fue el principio de nuestra amistad, el pequeño fuego que empezó a unirnos; de este modo, se estableció un mutuo afecto entre nosotros.

Con el correr del tiempo, nos hicimos mutuas confidencias acerca de nuestro común deseo de estudiar la filosofía; ya por entonces se había acentuado nuestra mutua estimación, vivíamos juntos como camaradas, estábamos en todo de acuerdo, teníamos idénticas aspiraciones y nos comunicábamos cada día nuestra común afición por el estudio, con lo que ésta se hacía cada vez más ferviente y decidida.

Teníamos ambos una idéntica aspiración a la cultura, cosa que es la que más se presta a envidias; sin embargo, no existía entre nosotros tal envidia, aunque sí el incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía no en obtener cada uno para sí el primer puesto, sino en obtenerlo para el otro, pues cada uno consideraba la gloria de éste como propia.

Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en común. Pues si bien no hay que dar crédito a los que afirman que todas las cosas están en todas partes, en nuestro caso sí podía afirmarse que estábamos el uno en el otro.

Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición: aspirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras y tratar de comportarnos de tal manera que, aun antes de que llegase el momento de salir de esta vida, pudiese decirse que ya habíamos salido de ella. Con estos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arrogancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal.

Y, así como hay algunos que tienen un sobrenombre, ya sea heredado de sus padres, ya sea adquirido por méritos personales, para nosotros el mayor título de gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reconocidos.” [10]

Preparado por la Hna. Giuseppina Alberghina sjbp

 

Notas

[1] De este grupo de Padres recordamos a san Gregorio Nacianceno, un querido amigo de Basilio, y san Gregorio de Nisa, hermano de Basilio.

[2] Cfr. BONHOEFFER, T., Zur Entstehung des Begriffs Seelsorge, en Archiv für Begriffsgeschichte, vol. XXXIII, Bonn, Bouvier Verlag, 1990, p. 14.

[3] Actividad que pasará después a todo el cristianismo en la figura del director espiritual. Cfr. Tesis de Hna. Suzimara Barbosa de Almeida, sjbp, “La cura d’anime come espressione specifica della missione delle Suore di Gesù buon pastore nel pensiero di Giacomo Alberione”, Curso de Formación sobre el carisma de la Familia Paulina, Roma, 2004, p. 12, de la traducción italiana, Pro manuscriptum.

[4] Cfr. MÜLLER, P., Seelsorge, in Lexikon für Theologie und Kirche, IX, recopilación de Walter Kasper, Herder Freiburg, 2000, p. 385.

[5] Suzimara Barbosa de Almeida, op. cit. p.12.

[6] Cfr. S. Alberione: “Abundantes divitiae gratiae suae”, 39.

[7] Santa Macrina senior pertenecía a una rica estirpe de creyentes y había sido discípula de Gregorio el Taumaturgo. Privada de todos sus bienes a causa de la persecución del emperador Maximino Daia, que había anexado Asia Menor al Imperio, fue obligada a huir, junto al marido y a algunos siervos, a las montañas de la región. A la muerte del emperador fue posible el retorno a casa. El hijo de Macrina, Basilio padre, se convirtió en un famoso orador en Neocesarea. De su matrimonio con Emmelia, perteneciente también ella a una familia de cristianos perseguidos, nacieron numerosos hijos, entre ellos Basilio, Macrina junior, Gregorio, Pedro, y otros menos famosos.

[8] Benedicto XVI, Catequesis del miércoles sobre los Padres de la Iglesia, Aula Pablo VI, 4 de julio de 2007.

[9] Benedicto XVI, Catequesis del miércoles, 1 de agosto de 2007.

[10] San Gregorio Nacianceno, Discurso 43, 15. 16-17. 19-21; Patrología Griega 36, 514-523.

 
 

Testigos de santidad pastoral

Hna. Clara Capeletti:

una historia de amor pascual

 

Agnese tenía sólo 16 años cuando dejó su familia y la hacienda de Pedras Brancas, decidida a consagrarse a Dios en nuestra Congregación, en Brasil. Sus padres, papá Fedele y mamá Regina eran de origen italiano y custodiaban con amor el patrimonio de fe de sus padres. Estaban sorprendidos y agradecidos al Señor que Agnese, la séptima de sus nueve hijos, quisiera ser religiosa.

 

Había nacido el 25 de octubre de 1938. Ninguno de ellos sabía que cuando en Brasil nacía la pequeña Agnese, en Italia había apenas nacido la Congregación de las Hermanas de Jesús Buen Pastor, que desde hacía pocos días, solamente 18, había encontrado el nido donde comenzar a crecer: Genzano de Roma. Estas son las coordenadas de Dios que podemos ver solamente a distancia de tiempo.

 

La pequeña fue bautizada pocos días después de su nacimiento, y le fue dado el nombre de Agnese, el de la joven mártir romana del III siglo, que por amor a Cristo se ofreció como cordero inocente en las manos de sus verdugos y tiñó de púrpura con su sangre el estadio de Domiciano en Roma, la actual Plaza Navona (en Roma).

Agnese Capeletti creció serenamente en el amor de su grande familia. Desde pequeña decía siempre que quería ser  “freira [1], y un día, junto a su hermano Fioravante, mientras entregaban ladrillos en un depósito del Seminario Nuestra Señora Aparecida, de San Marcos [2], un sacerdote del Seminario, P. Alberto, preguntó a Fioravante si quería ser sacerdote, pero fue la jovencísima Agnese quien tomó la palabra con prontitud y dijo: “Yo quiero ser religiosa, ¿qué Congregación me sugiere?”. El P. Alberto quedó perplejo, e indicó a Agnese la Congregación de las Hermanas Pastorcitas, que desde poco más de un año [3] habían abierto una comunidad en Terceira Légua, en los alrededores de Caxias do Sul.

Y así, un hermoso día en la estación en que en Brasil maduran abundantes frutos, Agnese entró en la Congregación, acogida por la Madre Eugenia Miana y la pequeña comunidad de Pastorcitas y de jóvenes aspirantes. Era el 6 de abril de 1954. La comunidad se preparaba a celebrar la Pascua del Señor, que ese año caía el 18 de abril. Un momento particularmente significativo para Agnese, porque su vida, bien pronto, habría atravesado todo el recorrido de la Semana Santa.

 

Después de dos años transcurridos en Terceira Légua como aspirante, Agnese fue admitida al postulantado e hizo la vestición el 6 de enero de 1956. Enseguida después fue enviada a Bento Gonçalves [4]. Aún no había hecho el noviciado y Agnese se comportaba ya como una verdadera Pastorcita: fervorosa en la oración y en la vida comunitaria, generosa en el servicio pastoral que desarrollaba en la catequesis, en la visita a los enfermos y a los encarcelados. Se dedicaba también a los trabajos de tejido que realizaba con gusto y creatividad.

A fines de enero de 1959 regresó a Caxias do Sul, a la casa de Avenida san Leopoldo[5] para iniciar el noviciado el 1 de febrero de 1959. El 2 de febrero de 1960, fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, Agnese hizo su primera profesión religiosa, asumiendo el nombre de María Clara. Y desde aquel día fue para todos “Irmã Clara”, una de las primeras Pastorcitas brasileñas. 

Ya Hermana, regresó a Bento Gonçalves ese mismo día, y por dos

años más, retomó su misión junto a los niños, a los enfermos y a los encarcelados.

Fina en sus rasgos somáticos, de piel clara, se acercaba a todos con la delicadeza de un ángel y con la discreción de una hermana que se sentía demasiado pequeña para ser portadora de un amor tan grande como el de Jesús Buen Pastor. Un trato gentil que ocultaba un temperamento de fuego, un carácter impulsivo que luchaba por dominar, y que requería un empeño cotidiano en vivir el propósito principal de la paciencia, puntualmente renovado en cada retiro, hasta el final. Como se expresó una de sus Hermanas, que dio testimonio de ella: “¡María Clara luchó y venció!”.

Después de una breve estadía en Terceira Légua, fue destinada a la comunidad formativa de Caxias do Sul, donde se puso al servicio de las Hermanas para el buen funcionamiento de la comunidad, y se dedicó también un poco al estudio, participando de un curso de catequesis promovido por la Diócesis. 

 

Entre tanto, en la Congregación se preparaban los preparativos para la fundación de las Pastorcitas en la Argentina, y Clara fue elegida para formar parte del primer grupo de misioneras brasileñas guiadas por la Madre Ignacia Armani. Se establecieron en  Bárcena [6], Buenos Aires, para la animación de una casa destinada a retiros y Ejercicios Espirituales. Entusiasmo y pobreza caracterizaban aquella primera presencia en tierra argentina, y la siembra fue abundante también de parte de la joven Pastorcita.

El amor a Jesús Buen Pastor no conoce confines, y María Clara puso todo de su parte, donándose con generosidad aún en los trabajos más escondidos y privados de reconocimientos humanos. Ella tenía su “jardín secreto, escondido en su corazón”, donde podía ofrecer al Amado de su corazón las flores y los frutos de su simple y tenaz amor. En su pequeña libreta de apuntes anotaba sus luchas y sus victorias, las derrotas y las humillaciones, que el Señor ciertamente miraba con la infinita ternura de Pastor bueno.

A los 27 años, en Argentina, Hna. Clara emitió su profesión perpetua en las manos de Madre Ignacia, exactamente el 2 de febrero de 1965. ¡Y fue Pastorcita para siempre!.

Después de tres años de vida misionera en Argentina, Hna. Clara regresó a Brasil a la comunidad de Caxias do Sul, donde se dedicó al estudio y se convirtió en la responsable de la sastrería y de la portería: lugares frecuentados por muchas personas, Hermanas y visitantes que encontraban en ella acogida y generosa disponibilidad en ser ayudados. Frecuentemente las Hermanas le pedían trabajos de costura o ser sustituidas en algunos trabajos de la casa, y Clara estaba siempre dispuesta a decir: “Deja que yo me ocupe de esto”.

Vestía el hábito religioso con mucho cuidado y dignidad, y era habitual que rezara el Rosario pasando entre los dedos los granos del rosario que llevaba al costado, casi con orgullo. Siempre ordenada, amaba la pobreza y trabajaba con asiduidad y silenciosamente, porque el tiempo era para ella un tesoro precioso. Era simple y sincera con todos, y a veces, por amor a la verdad, arriesgaba crear algunos problemas.

 

En febrero de 1970 fue enviada a la comunidad de Fagundes Varela [7], donde desplegó con la precisión y la simplicidad de siempre su misión. Pero al año sucesivo regresó a Caxias por problemas de salud. Siempre fue de constitución grácil, y ahora se manifestaba un inicio de tuberculosis. Enseguida le fue prescrita una terapia, y después de largos cuidados mejoró decididamente hasta la cura. En realidad, estaba sólo iniciando su semana santa, que desde aquel momento la unirá cada vez más a los sufrimientos de Cristo Pastor.

Desde diciembre de 1972 hasta fines de enero de 1973, Clara conoció la noche oscura del dolor, un mal que la atormentaba sin revelarse plenamente. Se dejó someter dócilmente a estudios y análisis de todo tipo, que no daban respuestas satisfactorias respecto al mal que la minaba. Se transfirió a san Pablo, a la comunidad de Jabaquara [8], donde permaneció dos meses, y pareció que se recuperaba un poco de su malestar. Tal vez, continuando nuestra metáfora, era sólo el jueves santo. En efecto, habiendo regresado a Caxias, después de algún tiempo,

comenzaron a repetirse los síntomas de su mal, que esta vez no la dejaron más. Su mal estaba localizado en la cabeza.

Se sometió con mucha esperanza a estudios más minuciosos, pero su salud empeoraba cada vez más. Estaba serena, confiada, abierta a cuanto el Señor disponía para ella. Las curas y los estudios clínicos eran muy dolorosos, un verdadero y propio viernes santo, pero María Clara los vivió con la paciencia que había pedido como gracia y para la cual había luchado desde la primera formación. Ahora Jesús Buen Pastor le la estaba donando.

El 23 de enero entró en estado de coma, parecía que los dolores no la atormentaban más, y se hicieron todos los tentativos posibles, esperando contra toda esperanza. Su rostro estaba desfigurado, como el del Esposo sobre la cruz, pero en el secreto de su corazón, de manera desconocida para nosotros, se consumaba el ofrecimiento supremo de la vida: “Nadie tiene un amor más grande que éste, dar la vida por los amigos” (Gv 15, 13). “El Buen Pastor da la vida por sus ovejas” (Gv 10, 11).

 

El Buen Pastor Jesús vino a buscarla para llevarla al Padre, en el corazón de la noche, a las 3.07 del 28 de enero, mientras se aprestaban a resplandecer las luces del sábado. Vino como un ladrón en la noche, un ladrón de amor que llevaba consigo a las nupcias una joven Pastorcita de apenas 35 años. Todo estaba cumplido, era el alba de la Resurrección.

El municipio de San Marcos, en la fracción de Pedras Brancas, donde nació Agnese María Clara Capeletti, quiso dedicar una calle en su memoria, y así, entre verdes campos y las casas que la vieron adolescente, su nombre será siempre recordado: “Rua Irmã Clara Capeletti”.

Hna. Giuseppina Alberghina sjbp

 

Notas

[1] Que en portugués significa “Hermana, religiosa”.

[2] San Marcos es el municipio al que pertenecía Pedras Brancas, en el estado de Río Grande do Sul, Brasil.

[3] La comunità di Terceira Légua era stata aperta il 23 agosto del 1952.

[4] La comunidad de Bento Gonçalves había sido abierta el 5 de diciembre de 1953.

[5] La comunidad de Caxias do Sul en Avenida san Leopoldo fue abierta el 25 de enero de 1956, y se convirtió en la casa principal de las Pastorcitas del sur de Brasil y casa de formación hasta 1983.

[6] La comunidad de Bárcena, Buenos Aires, fue abierta el 19 de marzo de 1964, y fue cerrada en 1978.

[7] La comunidad de Fagundes Varela fue abierta el 11 de febrero de 1954 y cerrada en diciembre de 1983.

[8] La comunidad de Jabaquara, en San Pablo, fue abierta el 25 de enero de 1953, en aquel entonces era casa de formación, ahora es la sede del Instituto Divina Pastora.

 
 

Archivo

 

© Hermanas de Jesús Buen Pastor - Pastorcitas